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Saint Luke, Escuela de Medicina

El microscopio, un invento vital y poco celebrado

El microscopio, un invento vital y poco celebrado

Es 1590, es el final del Renacimiento y el umbral de la Edad Moderna. El mundo aún es joven para la humanidad, la influencia de la religión y su visión del mundo predominaban a pesar de que décadas atrás Copérnico había formulado la teoría heliocéntrica. Shakespeare terminaba Hamlet en la última etapa de su vida y Leonardo da Vinci pintaba la Mona Lisa.

A finales del siglo XVI, cuando la Santa Inquisición dominaba en gran medida en la ciencia, las artes y la política y el gran territorio de América era colonizado, se fabricó el primer microscopio. Para algunos autores, la invención de este poderoso instrumento se atribuye a Zaccharias Jennsen o a Anton Van Leeuvenhoek, ambos de origen holandés. La ciencia, especialmente la biológica, inició su camino a la modernidad que hasta entonces había basado sus conocimientos en la observación directa.

El microscopio pronto revelaría otros mundos formados por microorganismos y elementos inorgánicos que hasta entonces se desconocían. A Van Leeuvenhoek se le considera el primero que lo utilizó para observar la dimensión de lo que hasta entonces era invisible o acaso hipótesis. Bajo el lente aumentado pudo ver los glóbulos de la sangre, bacterias y protozoos y así dio inicio a la bacteriología.

El uso y perfeccionamiento del microscopio en los siguientes años fue objeto de trabajo de muchos personajes entre los que destacan, Galileo Galilei y Robert Hooke. Este último pone bajo el lente un corcho y en él observa pequeñas cavidades en forma de celdillas a las que llama células. Décadas antes del invento del microscopio el genio de Leonardo da Vinci ya había sentado las bases de la óptica y el uso de lentes para el estudio de los objetos pequeños y Aristóteles ya había dicho que el cuerpo humano estaba formado por pequeñas partes que formaban un todo pero hasta entonces nadie había podido verlas.

La curiosidad por mirar lo que el ojo no podía hacer, puso a científicos y aprendices a desentrañar los misterios de lo diminuto. Los estudios de Federico Cesi y Francesco Stelluti de las abejas pusieron los primeros cimientos de la entomología con su obra Apiarium de 1625; las orejas de un conejo mostraron a Marcelo Malpighi en 1665 la circulación de la sangre, precursor en el conocimiento de tejidos vivos, y el mismo Van Leeuvenhoek, quien carecía de instrucción académica, pasó gran parte de su vida mirando carne de ballenas, escamas de la piel, lana de oveja, ojos de buey, pelos de castor y de liebre, cabezas de moscas e incluso sus propios fluidos corporales, lo que lo convirtió en un importante microbiólogo.

La genética, la histología y la citología, ramas importantes de la medicina, parten de este instrumento del cual no se separará la ciencia. Es interesante imaginar las respuestas y las preguntas que surgieron a partir de un pequeño instrumento. Las enfermedades por ejemplo, dejaron de tener un origen oscuro, el planeta estaba habitado por más especímenes de los que imaginaba el hombre y la mujer en aquella época.

De una gota de agua a la transmisión de electrones

De los jeroglíficos egipcios del siglo V a.C. en los que se representan lentes simples de vidrio a las referencias de Séneca sobre el uso de esmeraldas utilizadas por Nerón para mirar los juegos de gladiadores a distancia y el aumento de los objetos ante una gota o un vaso de agua, el ojo humano ha superado el potencial de su mirada a través de microscopios de barrido, estereoscópicos (con imágenes en tres dimensiones), de campo oscuro y de fluorescencia, por mencionar algunos, los cuales se utilizan para la medicina y la tecnología industrial principalmente.

Hasta ahora, el microscopio más poderoso del mundo no tiene el nombre de su creador, pertenece a la empresa japonesa Hitachi cuyos investigadores lograron en 2015 ofrecer una resolución de 43 picómetros (unidad que equivale a la billonésima parte de un metro), menos de la mitad del radio de la mayoría de los átomos, sucesor de aquel fabricado a finales del siglo XVI por Leeuvenhoek que permitía ver los objetos 250 veces más grandes.

Este enorme instrumento de nuestro siglo, basado en la transmisión de electrones, es capaz de visualizar las posiciones de los átomos lo que permitirá el desarrollo de nuevos materiales con diversas aplicaciones.

En El Aleph, Jorge Luis Borges narra lo que probablemente los científicos y observadores sintieron al observar por primera vez bajo el lente de un microscopio. El cuento alude al infinito y el existencialismo, dos temas que podrían haber estado presentes en la mente de los observadores.

 

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, (…), vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita lástima. (Borges)


Fuentes

Departamento de ciencias biológicas, Facultad de Ciencias Exactas. “Microscopia”. Universidad Nacional de la Plata, Argentina. https://www.biol.unlp.edu.ar/historiamicroscopia.htm

Cobos Murcia, José Ángel. “La historia del microscopio”. Revista de Divulgación Científica de la Universidad Veracruzana, vol XV No. 1. Enero-abril 2012. https://www.uv.mx/cienciahombre/revistae/vol25num1/articulos/historia/

Cienciaybiologia.com. “Historia del estudio de la célula”. Portal de biología y ciencias relacionadas: divulgación, noticias, curiosidades y apuntes. https://cienciaybiologia.com/historia-estudio-celula/

Informador.mx. “Desarrollan en Japón el microscopio más potente del mundo”. 20 de febrero de 2015. http://www.informador.com.mx/tecnologia/2015/577542/6/desarrollan-en-japon-el-microscopio-mas-potente-del-mundo.htm

Borges, Jorge Luis. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial, 2003. Impreso.


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